martes, 21 de septiembre de 2010

La roca

Era como un bloque de hielo. En realidad, si fuera posible medir de alguna forma su frialdad, mas que un bloque sería un gran iceberg o un glaciar. Estaba atrapada en esa gran cárcel que era su cuerpo y no podía salir a la luz. No había ni siquiera una ventana, ni el mas mínimo orificio que dejara pasar una bocanada de aire fresco. Como una gran olla a presión que jamás estallaba, el agua hervía constantemente pero no pasaba nada. Buscaba con desesperación cualquier atisbo de sentimiento pero nunca encontraba rastros, solo espacios vacíos, blancos que no se completaban. Y trataba siempre, no quería rendirse, pero a estas alturas ya no sabía cuanto tiempo mas iba a poder resistirlo. A pesar de que se acercaba le era imposible sentir algún tipo de conexión: no podía no alegrarse ni entristecerse por nadie, no sentía culpas ni remordimientos, no experimentaba odios ni rencor. Si se miraba veía sólo un vulgar pedazo de carne empaquetado al vacío, nada entraba, nada salía, no podía escapar pero tampoco nadie podía sacarla.
Así fue como comenzó a lastimar. Siempre que probaba alguien resultaba herido. Claro que esa no era su intención, pero nunca era capaz de devolver lo que le daban, ni de darse cuenta de lo que recibía. Era como si alguien le hubiera desconectado el enchufe por donde entraban las emociones. Y así fue como apareció su peor y talvez único miedo, opuesto al común de la gente: nunca poder enamorarse, que nunca le rompan el corazón o la llenen de ilusión; ser por y para siempre una roca.