Tenía una doble cara. Mas bien, una doble personalidad. Dos caras bien diferentes que convivían en un mismo ser, como una especie de Dr.Shekil y Mr. Hyde pero no tan literal.
Y era muy difícil vivir así, saciando las necesidades de una, de otra. No es que una cara era buena y la otra mala, sino mas bien opuestas, tan opuestas que no podían coexistir en armonia porque sus marcadas diferencias siempre terminaban destruyendo a una, siempre.
Por momentos, afloraba la cara pacífica, la cara positiva que jamás se rendia, que creía en el eterno mañana, en las buenas promesas y en los lindos recuerdos. Esos eran instantes en los que la vida siempre sonreía, la bella vita, nada podía ser mejor. Demasiada felicidad junta, demasiada perfección habitaba en esa cara utópica, que era tan efímera como la vida misma.
Las cosas le salían bien, la suerta era mas buena con ella que con muchos otros, pero después de esas gotas de felicidad concentrada venía el huracán: una latente necesidad de arruinarlo todo, una urgencia de desestabilidad, caos y confusión.Creo que se trata de que no podía tolerar tanta buena cara. Simplemente, no estaba en su naturaleza, como los alérgicos a la lactosa.
Dicen que los guerreros no toleran muchos minutos de paz, que se vuelven adictos a la guerra y a esa adrenalina que surge lucha a lucha, cuando se juega el todo por el todo, como los que apuestan. Irónicamente, lo llamaba su "DON". Don de arruinar el momento, don de buscar siempre mas, el don del inconformismo.
Si le mirabas la cáscara parecía la cara misma de la paciencia, tan inocente, siempre con su ritmo lento y relajado, guardada en su mundo interior. Pero la realidad era que todo mutaba y se mezclaba como en una licuadora. Las ideas entraban claras y ordenadas, y a los cinco minutos se revolvían y estrujaban hasta que perdían el hilo principal, el sentido.
Talvez por miedo, por culpa, o por aburrimiento, no podía llevar una vida simple, no soportaba ese sentido de estabilidad que todos buscan y anhelan: tener ese trabajo siempre, esa casa, una linda mujer y un par de hijos, vacaciones cada tanto y un perro. Talvez la vida le había dado bastantes cachetazos como para darse cuenta que generalmente las cosas no son tan simples, y es muy difícil atarse a un plan y poder cumplirlo. Ella había armado un plan, y por supuesto, había fallado rotundamente. Es por eso que había decidido nunca mas hacer planes de ningún tipo, y siempre que algo parecido a la estabilidad se gestaba, la cara de muñequita pintada desaparecia y daba lugar a la salvaje, a las largas noches, la vieja calle y ese delirio que la alejaba de las personas que por el simple hecho de tener horarios se creían normales.
Y se reía a carcajadas, viendo todo el circo que el común de la gente armaba. Conocía muchos que habían tratado de montar la escena mil veces, y todo por esa deseada estabilidad ficticia. No comprendía como todos querían eso mas que a nada en el mundo, cuando la realidad es que la única constante en nuestra vida es lo inestable. No medimos el insignificante poder que tenemos frente al gran mounstro del destino, si es que eso existe. Buscamos lo estable para creer que vamos a poder domar ese potro salvaje que es la vida. Para no morir del miedo, para eso hacemos planes.
Mas allá de esa intensa búsqueda de lo estable, la vida siempre nos sorprende, para bien o para mal, queriendo o sin querer. Es la mística que tiene el no saber, que nos abre un poquito la cabeza, y nos ayuda a dejar de buscar como locos y empezar a encontrar...
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