Ella iba a donde iba porque si, estaba allí porque allí estaba y no sabía de donde venía o hacia donde ir. Sentada en el pasto, pensaba como no extrañaba nada: no era de aquí ni era de allá, no parecía tener un lugar. Cerraba con fuerza sus ojos y no sentía ninguna señal, ningún impulso, ningún lugar en el mundo que pudiera pertenecerle, y entonces, cosas como nubes grises y remolinos le tapaban las ideas. ¿Cómo podía ser? Ella no era de ningún lado, era como un árbol sin raíz, “¿un árbol flotando en el aire?”, pensó la niña, y no lo podía creer. Cuadros y esquemas la ayudaban a pensar, sacaba conclusiones y llegaba a palabras, palabras que debían significar, pero ¿Qué significado podían tener palabras sin sentimientos? Repetía el proceso y volvía a encontrar palabras, entonces volvía a cerrar los ojos y las pensaba, las pensaba tanto y nada, nada pasaba. ¿Cómo podía ser ella un árbol sin su base?, “eso no existe, eso no es normal”, repetía la pequeña en su cabeza. ¿Y qué es lo normal?, lo normal es anhelar un hogar, o eso que uno extraña después de días de ausencia, talvez un espacio que albergó a familias, generaciones. Por supuesto que la gente se muda, la gente cambia, pero siempre todos los árboles echan raíz, incluso aunque los transplanten, siempre hay algo a lo que se aferran. “¿acaso será que levito por el mundo”, se preguntó asustada la pequeña. En el fondo deseaba tener algún lugar al cual pertenecer.
Pensó en morir. Pensó en su muerte: “aquí yacen los restos de la niña que no fue, no es, ni nunca será de ningún lado. Ella vivió por allí, su madre por aquí, su padre por aquel otro lugar, su abuelo por este otro, su tía más para allí, su hermano en este otro lugar…”. No pudo evitar entrar en pánico. Ella era una eterna forastera en cualquier lugar del planeta. Fuese a donde fuese, nunca iba a sentirse “como en casa”, pues la realidad era que nunca se había sentido de esa manera.
Muy abrumada, la niña comenzó a caminar hacia la orilla del río, y después de haberse acercado lo suficiente, clavo su mirada fija en el agua, aturdida por tanta incomprensión (la del resto, la suya). De repente, vio una luz, un reflejo en movimiento que se estaba acercando cada vez más y más. Una ráfaga de viento arrastró hasta sus pies una botella. La chica estaba por comenzar a mal decir a los “sucios contaminadores del planeta” cuando observó que la botella contenía un pequeño papelito en su interior. Un poco confundida, ella logro extraerlo:
“Tu eres de aquí y eres de allá, eres del mundo y el mundo es tuyo. Tienes tiempo e inteligencia suficiente como para crear tus propias raíces, sentidos agudos como para lograr comprobar su existencia, e ingenuidad suficiente como para creértelo”.
Aún mas confundida que antes, la pequeña quedó estupefacta. Miles de preguntas como bombas comenzaron a azotarla: ¿Quién fue?, ¿Cómo llegó hasta aquí?, ¿Qué es lo que esto significa? “Esto es una maldita contradicción!”, exclamó sarcásticamente. La angustia crecía en su interior, y como buscando algún indicio, volcó su mirada en aquella vieja botella que había traído consigo aún mas dudas. Al observar con mayor claridad, la niña no le creía a sus ojos: había otro papel dentro de la botella. Estaba segura de que antes había visto uno sólo, pero sus dudas fueron apagadas por su deseo de saber más, y extrajo el papelito rápidamente.
“Eres lo suficientemente diferente como para anhelar lo normal y lo suficientemente inteligente como para conseguirlo, pero también eres lo suficientemente tonta como para poder ver lo indefinido del universo. Tu, partícula en movimiento, creas y sufres destinos”
Durante los siguientes minutos, le fue imposible cerrar los ojos ya que simplemente no podía creer lo que estaba ocurriendo. No sólo le afectaba esa inconcebible idea de que alguien misterioso andaba por ahí leyendo sus pensamientos, sino también el hecho de que ese alguien se había tomado el atrevimiento de juzgarla. “no es momento de mostrar orgullo”, decidió luego de un rato. A pesar de todo, no lograba comprender, eran demasiados conceptos para una simple tarde de verano.
La niña se recostó sobre el pasto, y cuando se disponía a cerrar los ojos, una ráfaga de viento arrojó una página de algún periódico abandonado sobre su cara. Sintiéndose totalmente humillada por la torpe escena, arrancó ferozmente la hoja de su cara, sólo para descubrir aún mas. Casi sin notarlo, sus ojos se posaron sobre uno de los titulares del papel, haciendo que esta pegue un salto de la sorpresa: “Científicos descubren nuevo planeta. Se agranda el universo”. Su emoción era grande, pero continuó leyendo algunos renglones mas: “Cambian las raíces de la ciencia al descubrir un nuevo planeta en el sistema solar. Son miles los interrogantes que surgen acerca del tamaño real de nuestro sistema y de los límites de nuestro universo”. La niña paro de leer y su cerebro comenzó a moverse. “Claro!, ¿Cómo no había podido verlo?, si hasta en la escuelo nos lo han enseñado…”. Se sentía orgullosa.
Recordó que antes se creía que el mundo era plano. “¿Cuántas personas habrán muerto sin conocer la otra mitad del planeta?”, pensó sorprendida, “y aún peor, ¿Cuántas personas habrán sido juzgadas de anormales por sus ‘disparatadas ideas’ de tierra redonda?”. Llego a pensar que siempre pasaba lo mismo, siempre hasta que algún ‘loco anormal’ aparecía creando su propio destino y cambiando el de todos…Porque todos afectamos a todos, porque somos un conjunto de sistemas relacionados, “un conjunto de partículas en movimiento!”, exclamó. Había logrado descifrarlo, había logrado ver como en realidad vivimos en movimiento, vivimos en un constante cambio, “como si tuviéramos los ojos vendados desde que nacemos y lentamente nos los fuéramos destapando, aunque talvez nunca lleguemos a ver el panorama completo”.
Ella ya no era un árbol sin raíces, ya ni siquiera era un árbol. Tomo su mochila y extrajo un bolígrafo y un pedacito de papel. Meditó unos instantes y luego escribió:
“Soy un pedazo amorfo de este indefinido cosmos”.
Luego, cerró su mochila, tapó la botella y la arrojó al río. La niña, ya feliz y ya no niña, tomó su mochila y siguió su rumbo.
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